El envío de borradores o cómo timar a un traductor

Muy buenas, compañeros y compañeras. Aquí estoy una vez más; hacía tiempo que no me dejaba ver por estos lares, pero creo que la ocasión lo merece (además, ya sabéis que me gusta hacerme desear, je, je, je). 😉

El motivo de esta entrada es compartir con vosotros mi experiencia personal con un cliente (concretamente, clienta) que se las ingenió para timarme más de la mitad de la tarifa que había acordado con ella y, para más inri, todavía quiso hacerme creer que tenía que darle las gracias por haber mejorado el trabajo…

Os pongo en situación: más o menos a mediados del mes de abril, se puso en contacto conmigo una señora para encargarme la traducción de un documento de tipo jurídico sobre un fondo de garantía juvenil con el que la Unión Europea pretende fomentar el empleo entre los jóvenes; el texto en cuestión estaba en alemán. Después de acordar un presupuesto y un plazo, dimos el encargo por asignado y comencé a trabajar, como habría hecho en cualquier otro caso.

Unos días antes de que finalizara el plazo que esta persona me había dado para entregar la traducción, me escribió un correo pidiéndome por favor si podía enviarle una primera versión para que fuera trabajando sobre ella; yo le repetí en varias ocasiones que la traducción aún no estaba terminada y que faltaba la revisión final, pero como nunca jamás había tenido ningún problema de este tipo, pequé de inocente (de todo se aprende) y no tuve inconveniente en enviarle el borrador que tenía preparado (NUNCA MÁS, NUNCA MÁS, NUNCA MÁS) y al que aún le faltaba esa última revisión de la que os estoy hablando (lo cual le reiteré en el mismo correo).

Al día siguiente recibo una llamada de la clienta que, para mi sorpresa, me dice que no entiende mi traducción y que hay cosas que no había visto nunca antes en un texto, a saber:

«Es que veo que aquí has hablado de “interlocutores principales”. Es que yo eso no lo entiendo…». (!!!)

«¿Qué son “guarismos”? Yo no entiendo esa palabra». (!!!)

«No, no, perdona, las cifras en español llevan un punto entre las centenas y las unidades de millar de toda la vida». (!!!!!)

Ante esta avalancha de argumentos a cual más disparatado y a pesar de mis intentos por explicarle que no llevaba razón, que ese texto era de naturaleza jurídica y que, si pretendía discutirme cuestiones ortotipográficas, había dado con la horma de su zapato, me dijo que iba a enviarle el texto a un revisor para que lo adaptara a lo que ella buscaba. Cuál fue mi sorpresa cuando, después de varios días esperando, me envía mi texto con un estilo TOTALMENTE CAMBIADO, con una redacción más propia de un texto divulgativo para adolescentes que de un documento de naturaleza jurídica y con cambios que, según ella, enriquecían el texto y lo adaptaban a lo que ella buscaba. Juzgad vosotros mismos:

– «Guarismos» se cambió por «números».

– «Salvo especificación en contrario» se cambió por un rutilante «Si no se dice otra cosa» (mucho más jurídico, dónde va a parar…).

– Todos los miniespacios entre números, que es como se aconseja escribirlos, habían sido reemplazados por el punto «de toda la vida», incluidos los números de cuatro cifras.

– El nombre oficial de una tasa, que es «tasa NEET» (tal y como aparece en textos de la UE y en los documentos paralelos que me envió y que los revisores se pasaron por el arco del triunfo), se convirtió en «tasa de ninis» (con un par).

– A pesar de mis reticencias, tuve que hablar de «actores» porque así se recogía en los textos paralelos de la UE que me había enviado; pues bien, los revisores (porque fueron dos, sí) tuvieron los santos coj… digo, narices, de cambiarme también ese término. Y podría seguir…

Por cierto, a todo esto… Le pedí un informe del revisor con todos los supuestos «errores» y todavía estoy esperando que me lo envíe.

Así pues, lo que estas personas hicieron fue un mero ejercicio de destrozar mi texto (que estaba pendiente de una última revisión, como os he dicho, que no me dejaron hacer) y de construir un texto más propio de un chaval de quince años que pretende hacérselo llegar a sus colegas para pasar el rato.

A pesar de los razonamientos que esgrimí y de las pruebas que aporté para justificar mis decisiones, esta persona se pasó por el forro mi criterio, pero no solo eso (y ahora viene lo más gracioso), sino que el dinero que les pagó a los revisores para que hicieran la chapuza que hicieron lo sacó ÍNTEGRO de lo que tenía que pagarme a mí, y lo que es aún mejor: mientras a mí me pagó en lengua de origen, a los revisores les pagó EN DESTINO, con lo cual todavía salí perdiendo más dinero. ¿Su argumento? Que claro, que mire usted, que es que al principio tiene margen para negociar, pero que luego tiene que atenerse a lo que los revisores le piden y que ella también salía perdiendo con eso (todavía quiere hacerme quedar como tonto)… Si tenemos en cuenta que el dinero que les pagó salió íntegro de mi bolsillo, no sé dónde está su pérdida…

Todo esto se resume en varias cosas:

– Esta persona no tenía noción alguna de lenguaje jurídico, puesto que alguien con los mínimos conocimientos de este tipo de jerga no hace o no permite que se hagan los cambios mencionados.

– El hecho de que ni siquiera se dignara a enviales el documento en lengua origen a los revisores deja bastante claro que no había ningún error de comprensión ni de interpretación y que, simplemente, «no entendía» el lenguaje jurídico, lo cual me hace pensar que esos dos revisores, posiblemente, fueran ella misma y algún otro compañero suyo.

– La insistencia en pedirme el borrador indica a las claras que ya tenía la idea de liármela.

– Si ese documento iba destinado a un alto directivo del ministerio y ese alto directivo no entendía el texto con su redacción original, su capacidad para ostentar ese cargo es bastante dudosa.

– Si un texto resulta denso, la labor del traductor es intentar facilitar su lectura, pero lo que tampoco puede hacer es rebajar el estilo para que un documento jurídico se convierta en un cuaderno de apuntes «pa’ los colegas». Como dijo Risto Mejide, eso es algo así como si saliera Marlon Brando en Física o Química diciendo: «¡Jo, tía!».

Así pues, compañeros, sin pretender extenderme más, desde aquí me permito la libertad de recomendaros que NUNCA enviéis un borrador antes de terminar el trabajo, porque no sabéis si la persona que está al otro lado es alguien con criterio o simplemente pretende estafaros esgrimiendo argumentos vacuos y carentes de toda lógica.

¡Nos leemos!

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Decálogo de consejos ortotipográficos para evitar las perversiones textuales

¡Muy buenas a todo el mundo!

Bueno, antes de nada, ¡feliz 2014! Espero que este nuevo año traiga consigo toda la felicidad, la salud y el trabajo que todos deseamos.

Hacía tiempo que no escribía nada en el blog y, ante ciertos textos que he ido leyendo a lo largo de este tiempo en distintos medios escritos, como periódicos o incluso anuncios de cursos de estilo plagados de errores ortotipográficos, he pensado que una entrada con diez pequeños consejos (precisamente) sobre ortotipografía podría ser muy útil para todas aquellas personas que utilizan estos recursos en el día a día y que probablemente no sepan que están cometiendo algunos errores. Vamos a por el decálogo:

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1. Cuando se utiliza la conjunción pero antes de una oración interrogativa o exclamativa, no se escribe coma después de dicha conjunción: Pero ¿qué dices?; Pero ¡no digas tonterías!

2. Cuando se utilizan las comillas (« »), el punto final va siempre detrás de las comillas de cierre y no antes, como sucede en inglés: Como dijo un sabio: «Si sabes que no sabes nada, es que lo sabes todo». En este punto también cabe mencionar que en español es recomendable utilizar en primer lugar las comillas angulares y dejar los otros tipos (inglesas [” “] y simples [‘ ‘])  para cuando deban entrecomillarse partes de un texto ya entrecomillado: «Julián me dijo: “Vaya ‘chabola’ que se ha agenciado el tío”».

3. No es aconsejable utilizar mismo como elemento anafórico para recuperar una parte del discurso ya mencionada: «Cuando recogió el premio se esforzó por explicar los logros que le habían conducido al mismo». En vez de esto, podría decirse conducido a dicho premio o conducido a él.

4. Al realizar enumeraciones, se pone punto y coma detrás de cada uno de los elementos cuando dichos elementos se escriben en líneas independientes y se inician con minúscula, salvo detrás del último elemento, que siempre se cierra con punto (en el caso de enumeraciones muy breves en cada línea, es posible cerrar cada una de estas líneas con una coma o prescindir de cualquier signo de puntuación al final):

Vamos a necesitar:

— una cacerola grande;

— una sartén para cuatro personas;

— cucharones y utensilios varios.

5. Resulta sorprendente ver cómo el uso correcto del vocativo está cayendo cada vez más en desuso, puesto que se prescinde muy a menudo de la coma necesaria para que la formación de esta estructura sea correcta: Hola, Paco; ¡Gracias, fenómeno!

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Imagen cortesía de Laeticia Abihssira (@Letilubelquis) y de su estupendo blog Traducir es descubrir.

6. Al hilo del punto anterior, cabe recordar que la fórmula correcta para iniciar las cartas o los escritos en español es la que va seguida de dos puntos y no de una coma, que es el signo que se utiliza en la lengua inglesa: Estimado señor: / Le informamos de que… ; Buenas tardes, Paco: / Quería aprovechar para…

7. Al utilizar una abreviatura, salvo en el caso de aquellas en las que el punto se sustituye por una barra (c/ por calle, por ejemplo), también es necesario utilizar un punto antes de las letras voladas: n.º; Sr.ª; M.ª Ángeles.

8. Por mucho que se vea cada vez con mayor frecuencia, los nombres de los meses en español deben ir en minúscula: diciembre, febrero, abril…

9. No siempre que utilizamos la expresión de que estamos cayendo en un dequeísmo, puesto que hay verbos que la exigen: «Tengo la impresión de que seremos buenos amigos» (tener la impresión de algo), y no: «Tengo la impresión que seremos buenos amigos». ¡No tengamos miedo a la hora de utilizar la preposición! 😉

10. Cuando utilicemos la palabra aún y dicha palabra pueda sustituirse por todavía, la escribiremos con tilde: «Aún (todavía) estoy a la espera de una respuesta». Sin embargo, si esa sustitución no es posible, la palabra no llevará tilde: «Aun así, iremos»; «Aun cuando me digas lo contrario, lo haré».

Como último punto, me gustaría realizar una pequeña aportación personal: a pesar de que la RAE recomiende la no acentuación de palabras como guion o truhan por considerarlas monosílabas, desde mi humilde posición me sumo a la corriente del ínclito Martínez de Sousa, que sostiene que la Academia se equivoca al considerar estos términos monosílabos en el español de España; así pues, desde aquí mi granito de arena para que sigamos acentuando guión y truhán, que son claramente bisílabas, al menos, en España.

Y eso es todo por hoy, amigos. Espero que os haya resultado interesante.

¡Nos leemos!

Y el «One Lovely Blog Award» es para…

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La verdad es que, después de tanto tiempo sin escribir en el blog por motivos diversos, me hizo muchísima ilusión que mi querida Scheherezade Surià (¡gracias, Schere!) decidiera incluirme entre sus nominados, aunque simplemente sea para animarme a escribir un poco más. Prometo ponerme a ello, de verdad que sí.

Por si no sabéis en qué consiste, os cuento rápidamente: el One Lovely Blog Award es una forma de saber algo más de los blogs que leemos y de las personas que están detrás de ellos. Las reglas son estas:

· Nombrar y agradecer el premio a quien te lo ha otorgado (solo faltaba… :-P).

· Contestar a sus once preguntas.

· Otorgar el premio a otros 11 blogs (me temo que igual me repito…).

· Redactar once preguntas para que contesten los blogs a los que otorgas el premio.
· Informar del premio a todos los blogs a través de las redes sociales.
· Visitar los blogs que han sido premiados junto al mío.
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Así pues, en primer lugar, quiero agradecer otra vez a Scheherezade que se haya acordado de mí; estoy seguro de que esto me servirá para ponerme otra vez manos a la obra con nuevas entradas. 🙂
Así pues, comencemos con las preguntas planteadas:

1. ¿Con qué objetivo empezaste el blog? (o tumblr)

En principio, con el de compartir reflexiones sobre la traducción con colegas, aunque admito que últimamente, entre unas cosas y otras, lo he tenido bastante desatendido. A ver si vuelvo otra vez por el buen camino. 🙂

2. ¿Eres freelance o trabajas en plantilla? ¿Qué ventajas tiene para ti respecto a la otra modalidad?

Soy freelance desde hace casi siete años, y la verdad es que estoy encantado. Sí es verdad que, en mi opinión, la principal ventaja es, al mismo tiempo, el principal inconveniente: que eres tu propio jefe. No obstante, la libertad de horarios y de movimientos es algo que, en mi opinión, no se paga con dinero. 🙂

3. Con las dificultades que estamos atravesando, ¿alguna vez has pensado en tirar la toalla como traductor? (Me refiero a dejar de pagar autónomos y buscar otra cosa, por ejemplo).

No, de momento no. Bien es verdad que, con los tiempos que corren, cuando pasan más de dos días sin trabajo empiezo a agobiarme un poco, pero afortunadamente siempre acaba viniendo y, como diría Murphy en alguno de sus postulados, suele venir «to’» junto…

4. ¿Qué importancia tiene para ti seguir formándote como profesional?

Toda. Si no te formas constantemente, en algún momento puedes quedarte desfasado. Considero que la formación es una parte fundamental de nuestro trabajo.

5. Si trabajas en casa, ¿qué haces para separar mejor tu vida personal de la profesional?

¿Qué has dicho antes de vida profesional? Vida… ¿qué? 😛

No, fuera de broma: supongo que lo que hace cualquier persona cuando termina de trabajar en cualquier sitio, es decir, salir a pasear, hacer deporte, quedar con amigos…

6. ¿Qué típico tópico de nuestra profesión te molesta más? ¿Por qué?

«Tú eres traductor, ¿no? ¿Podrías decirme qué significa…?». Me molesta mucho este tópico porque la gente se cree que los traductores somos diccionarios con patas. En mi opinión, lo mejor para estos casos es tener preparada una buena respuesta:

– ¿Qué significa esto?
– Pues, chico, no tengo ni idea…
– Ostras, pues vaya chufa de traductor…
– Es que, en realidad, yo me dedico a vender droga. Lo de la traducción es simplemente una tapadera…

Por ejemplo… 😉

7. ¿Tienes alguna manía a la hora de trabajar?

Sí: antes de empezar, me paso un rato laaaaaargo leyendo la prensa, algunos blogs, los diversos foros y en los que participo y algunas cosas interesantes que pueda encontrar por Twitter o por Facebook…

8. ¿Recuerdas algún encargo o proyecto especial? ¿De qué se trataba?

El encargo que más me ha llamado la atención ha sido la traducción de una página web alemana para contactos sexuales, pero no era en plan sutil, no… Directamente, te invitaban a mantener «una relación rebosante de pasión y morbo a espaldas de tu matrimonio» (literal). Vamos, que era toda una invitación a ser infiel. Las barbaridades que decía la web ya me las reservo, que estamos en horario infantil… 😛

9. ¿En qué te especializas y por qué esa especialización y no otra?

Mi principal especialidad es la traducción científica (física, química, meteorología, astrofísica…). El motivo es muy simple: siempre me ha apasionado la ciencia, y qué mejor cosa que traducir lo que te apasiona. También estoy especializado en temas jurídicos, aunque en este caso por necesidades del mercado (pero también me gusta mucho).

10. ¿Qué te gusta más de la profesión?

Sin duda, la posibilidad de conocer otras lenguas, otras culturas y servir de enlace entre personas que no hablan el mismo idioma. Y, desde luego, los compañeros tan encantadores que tengo. 🙂

11. ¿Qué te gusta menos?

Creo que no hay nada que no me guste. Quizá el tópico que he mencionado un poco más arriba pero, por lo demás, no le veo nada negativo.

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Bueno, pues esas son mis respuestas. Ahora viene la parte de nominar a otros once blogs. Mis nominados son:

Isabel García Cutillas y su estupendo blog El traductor en la sombra, por lo interesante de sus contenidos y por lo crack que es su autora.

– Aunque sea la que me ha nominado, no puedo dejar de alabar el estupendo trabajo de Scheherezade Surià y de su blog En la luna de babel (Schere, no hace falta que contestes otra vez si no quieres :-)).

– Las compañeras de Es la pera por su fenomenal trabajo.

Juan Manuel Martín Arias y su Ciencia y técnica para traductores, por todas sus interesantes aportaciones.

Ana Fuentes y su fenomenal No disparen al traductor.

Curri Barceló y su excelente e interesantísimo blog Localización y testeo con Curri.

Merche García Lledó y su siempre fantástico Traducir & Co.

Pablo Muñoz y su completísimo Algo más que traducir.

Ismael Pardo y su interesante Diario de un futuro traductor.

Aida González y sus maravillosas Aventuras de una traductora-intérprete en Madrid.

Nuria Viver y su siempre interesante Traducción médica, técnica y literaria.

(Sé que en algunos casos me he repetido, pero no sé si lo habré hecho en alguno más. Si es así, contestad si queréis; si no, os perdono ;-)).

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Y ahora, aquí van mis preguntas:
1. ¿En algún momento de tu vida imaginaste que terminarías siendo traductor/a?
2. ¿Qué fue lo que te impulsó a adentrarte en esta profesión?
3. ¿Qué prefieres? ¿Trabajar en casa o trabajar fuera?
4. ¿Cuál ha sido el mayor disparate que te ha pedido un cliente?
5. ¿Cuál ha sido la mayor barbaridad que has encontrado mientras estabas haciendo alguna revisión?
6. ¿Te gusta conocer personalmente a tus clientes o prefieres mantenerte en el anonimato?
7. ¿Alguna vez has conocido a algún cliente que fuese totalmente distinto a como te lo habías imaginado? Cuenta, cuenta…
8. Si no fueras traductor/a, ¿qué te gustaría ser?
9. ¿Haces deporte? ¿Cuál?
10. ¿Te gustaría traducir algún género que aún no hayas tenido ocasión de traducir?
11. ¿Qué se te está pasando por la cabeza en este mismo instante?
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Pues nada, esta es mi aportación a este premio, je, je, je. Espero que os haya parecido mínimamente interesante y que los nominados no se acuerden en exceso de mi familia por meterles en este marroncete…
¡Nos leemos! 😉

La deriva incomprensible de la Real Academia Española

Agora nos vamos al bar a tomarnos una buena ración de almóndigas bañadas con un estupendo güisqui, asín que os esperamos allí. Acordaos de traer los bluyines con los dibujitos del murciégalo para ir a cambiarlos después a la tienda donde estuvimos, ¿te acuerdas? Sí, donde había tantos gatos miando en la puerta. Eso sí, debemos concientizarnos para no llegar más tarde de las siete, porque endespués quiero pasarme por la oenegé a llevar unas cosas y por la tienda de discos a descambiar un cederrón que compré el otro día. Después, quiero pasarme por la consulta de podiatría a que me echen un vistazo a los pies, porque me duelen bastante cada vez que me subo al van.

Si habéis conseguido llegar al final de este pequeño fragmento improvisado sin sacaros los ojos, os felicito de todo corazón. A simple vista, parece estar plagado de errores, ¿verdad? Pues voy a contaros algo que probablemente os sorprenda (o no): si nos atenemos a las normas actuales y a los términos de nuevo cuño propuestos por la RAE para la nueva edición de su Diccionario, el texto que acabamos de escribir es absolutamente correcto.

Antes de proseguir y para evitar malentendidos, quiero dejar claro que en todo momento voy a referirme exclusivamente al español de España.

No deja de ser curioso cómo una institución que precisamente en este 2013 celebra su tercer centenario de vida ha podido cometer tamaña cantidad de errores de concepto a la hora de admitir nuevos vocablos. En palabras de ínclitos lingüistas como Martínez de Sousa o Manuel Seco, la Academia se equivoca, por ejemplo, al establecer la supresión de la tilde en términos como guión o truhán por considerarlos monosílabos, algo que nunca han sido en el español de España. Que todas las academias de la lengua española intenten unificar criterios es una cosa, pero otra muy diferente es ir contra la tradición lingüística de un país e intentar imponer normas tan absurdas como esta. Hace pocos días, la propia RAE admitía su fracaso en la iniciativa de modificar las normas de acentuación de solo y este, según palabras de Salvador Gutiérrez, miembro de la propia Academia.

Quizá lo que la propia RAE debería plantearse es el motivo por el que sus consejos no se tienen en cuenta. ¿Quizá tenga algo que ver con el hecho de que estos consejos, salvo contadas excepciones, están fuera de toda lógica? ¿A qué se debe este cambio de actitud de la RAE? ¿Qué es lo que pretende, si no es desvirtuar el idioma? Está claro que hay muchas variantes dialectales del español, pero personalmente no le veo el sentido, por ejemplo, a intentar equiparar el uso de van al de microbús, porque en nuestra cultura (español de España) no se utiliza este término. Su uso puede estar restringido al español de EE. UU., y ahí no tengo nada que decir, pero su inclusión como término susceptible de utilizarse en el español de España me parece a todas luces un error.

Estos estadounidismos que la RAE ha propuesto de cara a la nueva edición de su Diccionario podrían pasar como meras curiosidades de no ser por el tremendo atentado lingüístico que la Academia ha perpetrado al proponer el uso de billón como sinónimo de mil millones (sí, sí, no es broma) o de trillón como sinónimo de mil billones. Bajo mi punto de vista, con esta aceptación la RAE pierde la poca credibilidad que pudiera tener como garante de la ortografía y la gramática en lengua española, puesto que lo único que va a conseguir con esta nueva acepción es aumentar la confusión a la hora de traducir este término. ¿A qué persona, carente de toda lógica, puede habérsele ocurrido semejante cosa? ¿Esta es la institución que limpia, fija y da esplendor? A este paso, a lo único que van a poder dar esplendor es a sus sillones, puesto que su autoridad como referencia lingüística cada vez se tambalea más, sobre todo con este tipo de ocurrencias.

Personalmente, creo que mientras la Academia siga dando la espalda y considerando personas non gratas a lingüistas como Manuel Seco o José Martínez de Sousa (con el que tuve la tremenda fortuna de hablar por teléfono para comentarle mi preocupación por algunas normas ortográficas, como la que he mencionado anteriormente sobre los monosílabos), seguirá tirándose piedras contra su propio tejado y seguirá sin admitir sus errores y sus equivocaciones, que cada vez son mayores. Además, este tipo de cosas hacen dudar seriamente sobre la capacidad y la preparación de los académicos actuales, lo cual también podría ser un motivo ante la falta de aceptación de algunas de las «sugerencias» de la propia Academia por parte de la sociedad.

No sé a vosotros, pero la aceptación de términos como bluyín, endespués o almóndiga (de momento no está cocreta, no cantemos victoria todavía) me recuerda horrores a las definiciones disparatadas que aparecían en la revista Supermortadelo, como canalón (dícese de un canelón gigante), rayado (dícese de aquella persona a la que la ha caído un rayo encima) o pisar (hacer pis). Esto último sí es una broma, pero todo lo anterior, lamentablemente, no lo es.

¿A qué creéis que se debe esta pérdida de referentes por parte de la RAE? Cualquier comentario será bienvenido.

¡Gracias por vuestra atención! Nos leemos. 🙂

Saquemos brillo y esplendor (e incluso punta) a las traducciones (I)

¡Muy buenas, amigos! Aquí llego con la primera entrada «con sustancia» de mi blog, inaugurado hace apenas una semanita. En esta entrada me gustaría compartir con vosotros una de mis grandes aficiones, que no es otra que el análisis traductológico de textos, porque ¿qué puede haber más maravilloso que intercambiar opiniones y puntos de vista sobre cómo redactar un texto para que parezca que nos encontramos ante un documento original y no ante una traducción, con el fin de llevar la invisibilidad del traductor a su máxima expresión? A mí no se me ocurre nada más fascinante… hoy… 😛

Centrémonos en la materia: ¿qué es la invisibilidad? Como comenté el otro día, este concepto, desarrollado por autores de la talla de Lawrence Venuti, Barbara Godard o Daniella Camozzi, establece que el traductor debe ser un ente imperceptible en la obra traducida, puesto que solo así habrá logrado hacer bien su trabajo y pasar desapercibido (me remito al ejemplo futbolístico de la entrada anterior). Para poner algunos ejemplos sobre la susodicha invisibilidad y desarrollar un poco más el concepto en sí utilizaré la que, a mi juicio, es una de las mejores obras que se han escrito y que ha marcado la infancia de muchos de nosotros, que no es otra que La historia interminable, del alemán Michael Ende.

Esta obra fue escrita en 1979 y supuso la consagración internacional de Ende a todos los niveles. Su contenido encierra una miscelánea deliciosa de sensaciones, que van desde la alegría por ver cómo se salva el país de Fantasía hasta la tristeza, cuando Ártax se hunde en las arenas movedizas, presa de la honda pena que inunda su corazón (sí, sí, momentazo de pañuelo y lagrimones donde los haya). Una obra sublime en todos los campos, que sabe hacer llegar al lector de una manera clara y concisa todos los sentimientos que encierra en sus páginas a dos colores.

Soy consciente de que algunas (o muchas) de las personas que inviertan parte de su tiempo en la lectura de este blog no tendrán el alemán como lengua de trabajo, por lo que trataré de centrarme más en la parte puramente práctica de la traducción que nos ocupa.

Como comenté el otro día, soy plenamente partidario del concepto de invisibilidad del traductor desarrollado por autores como los que he mencionado un par de párrafos más arriba. Precisamente el propio Venuti, a partir de una cita de Schleiermacher, afirma: «En la medida de lo posible, dejen en paz al autor y lleven al lector hacia él», en una clara apuesta por que el texto traducido permanezca lo más cerca posible del original (invisibilidad).

Si partimos de la propia invisibilidad, el esquema que debería seguir el proceso de traducción sería el siguiente:

Invisibilidad

Tanto EA como EB son los emisores del texto origen (A) y del texto meta (B) respectivamente, mientras que RA y RB son los receptores de estos mismos textos. De esta manera, queda claro el objetivo que persigue el concepto de invisibilidad del traductor: que el receptor de la lengua de destino (RB) pueda acceder a la obra del autor original (EA) sin que dicha obra haya sido alterada o adaptada (ya hablaré del concepto de adaptación en otra entrada…), y que sea el receptor B el que se aproxime al autor sin que el texto original sea objeto de modificación o de la susodicha adaptación (lo cual sería sinónimo de la invisibilidad del traductor).

Sin embargo, la traducción española publicada que he elegido para realizar el análisis en cuestión (Grupo Santillana de Ediciones, 1991) no llega al lector con la misma fluidez con la que lo hace la alemana, ya que presenta un estilo mucho más denso y, en alguna ocasión, hasta poco idiomático, con estructuras demasiado calcadas del original. En mi opinión, hay muchos pasajes en los que la traducción no es demasiado acertada, ya que se centra en exceso en los rasgos discursivos de la propia novela alemana en detrimento de un estilo español fluido y directo, lo que provoca que los argumentos del esquema traductológico que hemos mencionado anteriormente sobre la invisibilidad del traductor pierdan fuerza.

En este caso, como defiende Amparo Hurtado, nos encontraríamos ante un caso de traducción a caballo entre el método interpretativo-comunicativo (que se basa en la traducción del sentido) y el método literal (que consiste en verter directamente el texto alemán a la lengua española).

En el caso que nos ocupa, el método más empleado por el traductor es el método literal; con esto no quiero decir que la traducción no sea buena, pero sí creo que está poco cuidada en algunas partes del texto, aunque esto no tenga nada que ver con el método de traducción empleado ya que, en este caso (y sin que sirva de precedente), no existe ningún tipo de barrera cultural entre ambas versiones (no estoy hablando de las lenguas, sino del caso concreto de este libro), puesto que toda la historia gira en torno a un país creado para la ocasión (Fantasía) y no existe ningún tipo de referencia a tradiciones culturales o elementos similares asociados a una lengua o a otra. Por este motivo, el método literal quizá sea el más apropiado en la mayoría de los pasajes, aunque no es menos cierto que debería haberse empleado con más rigor y cuidado, puesto que a veces la traducción resulta densa y poco idiomática.

Y ya, sin más preámbulos, voy a poner algunos ejemplos de pasajes concretos que sirvan para ilustrar todos los argumentos que estoy exponiendo (la negrita cursiva corresponde al término original en alemán, mientras que lo que aparece en negrita y entre paréntesis es la traducción oficial):

Felsenwüste (desierto de piedra). Un desierto de piedra, además de ser un concepto algo extraño, al menos en mi opinión, no transmite una idea demasiado clara de lo que puede ser en realidad (desierto cubierto de piedras, estepas…). Más adelante, en el capítulo se empieza a hablar de cumbres montañosas y de otros elementos relacionados con cordilleras, por lo que creo que quizá sería mejor traducir Felsenwüste por desierto rocoso, ya que esta expresión evoca la imagen de una estepa árida a los pies de una montaña que justamente antecede a la escarpada pendiente que lleva hasta la cima.

Felsnadel (agujas de piedra). He aquí un caso de traducción literal. Sin embargo, resulta demasiado poco idiomática en español, por lo que quizá sería mejor recurrir a la expresión piedras afiladas.

…niemals bot sich ihm anderer Blick… (…nunca se le ofreció otra vista que…). Aquí nos encontramos con otro caso claro de traducción densa para el lector español y poco idiomática a la vez, con la estructura calcada del original. ¿Quién le ofrece la vista? La construcción es canónica, aunque no es nada idiomática y tampoco es del todo gramatical, amén de resultar bastante fea (en mi opinión), ya que en la estructura empleada por el traductor, otra vista realiza la función de sujeto, y en este caso debería tratar de buscarse un complemento directo con el fin de que la estructura resultase más atractiva y fluida; así pues, considero que sería mejor emplear una estructura del tipo: …nunca tuvo ante sí otra imagen que...

Jetzt war gerade noch Zeit (Todavía era tiempo). ¡MEEEEEEEEEC! ¡Cuidado! ¿Todavía era tiempo? ¿De rosas? ¿De girasoles? ¿De frío? Para situarnos un poco en contexto, os diré que este fragmento se refiere a que todavía había tiempo para salvar a la Emperatriz Infantil, con lo cual nos encontramos ante una interpretación prácticamente libérrima del texto. Sería mucho mejor decir: Todavía estaba a tiempo, ¿no creéis?

Der Vater würde es schlieβlich hinnehmen… (Su padre lo encajaría en fin de cuentas…). A pesar de mi estupefacción inicial, después de efectuar varias consultas comprobé que la expresión en fin de cuentas no es incorrecta, aunque no es en absoluto idiomática, motivo por el cual habría sido mejor emplear la construcción a fin de cuentas, que es la que más se utiliza.

Die groβartige Schauerlichkeit… (El espanto grandioso…). No sé, pero no acabo de ver que el oxímoron que ha utilizado aquí el traductor encaje en es esta oración, puesto que el término grandioso, en mi opinión, no tiene la connotación negativa suficiente (si es que la tiene) como para funcionar como debería hacerlo en este caso. Quedaría mejor horripilante, por decir algo…

…ein Verfolger auf seiner Spur war… (…un perseguidor seguía…). Digo… Lo raro sería que el perseguidor no siguiera a nadie porque, como su propio nombre indica, se caracteriza por seguir a algo o a alguien. Sería mejor algo así como: …alguien venía detrás de él…

…unvorstellbarer Bosheit (malignidad inimaginable). En este caso, la utilización de malignidad no resulta demasiado idiomática, ya que es un término que no tiene un uso demasiado común, por lo que el texto pierde algo de fluidez y el efecto devastador que el original pretende transmitir pierde fuerza. Quizá sería mejor recurrir a algo del estilo de: …inconcebible maldad o algo similar. Este es otro caso en el que la traducción oficial resulta excesivamente literal.

Bueno, no quiero extenderme con más ejemplos, que no quiero aburriros, ¡y menos en la primera entrada del blog! Si tiene éxito, otro día me animaré a desarrollar alguno más, pero eso ya depende de la audiencia soberana (Jesús Vázquez dixit).

¿Qué nos hemos encontrado en estos ejemplos? Casos de textos poco idiomáticos, construcciones forzadas y calcadas, términos poco frecuentes en español… Todo esto contribuye a que el efecto de invisibilidad pierda fuerza, puesto que queda patente que ese texto ha sido «maquillado» por una segunda persona. En el caso que nos ocupa, en mi opinión, el traductor no ha logrado el objetivo de ser invisible, puesto que la traducción adolece de ciertas carencias, sobre todo en lo que se refiere a la fluidez y al carácter idiomático del texto, como hemos podido comprobar en los ejemplos mencionados, con lo cual se nota en demasía que ese texto ha pasado por otras manos ajenas al autor, y eso es precisamente lo que debemos intentar evitar, ¿no os parece?

Es muy posible que, al leer los ejemplos, muchos de vosotros hayáis pensado cosas del tipo: «Pues eso a mí me suena bien», «eso lo dejaría así», «esto no lo habría puesto así», etc., y precisamente ahí es donde radica el secreto de la invisibilidad del traductor: lo que hay que conseguir es que, independientemente de los diferentes estilos de cada cual, tengamos siempre la impresión de encontrarnos ante un texto original, sin modificaciones, calcos ni manipulaciones.

Si conseguimos expresar el mensaje original respetando su contenido y logrando que resulte idiomático para un lector de la lengua de destino, habremos alcanzado nuestro objetivo: ¡SER INVISIBLES!

En fin, pues esto es todo por el momento, espero que os haya parecido interesante. ¡Gracias por leer hasta el final! Cualquier comentario será bienvenido…

¡Nos leemos! 😉

¡Hola! Bienvenidos a mi nuevo blog

Buenos días, amigos y amigas. Es un placer saludaros desde las primeras líneas de mi nuevo blog, que hoy mismo he decidido poner en marcha; espero que esta sea la primera de muchas entradas que me gustaría compartir con vosotros. Siempre me había atraído la idea de crear un blog para expresar los pensamientos y las reflexiones que pueden surgir en un mundo tan apasionante como el de la traducción y la interpretación, que es el que nos ocupa, así que finalmente he decidido tirarme a la piscina y probar suerte. ¡Espero que os guste!

En esta primera entrada me gustaría compartir brevemente con todos vosotros el motivo del nombre del blog (La invisibilidad del traductor). Esta expresión, acuñada en su momento por el ínclito traductólogo Lawrence Venuti, a mi modo de ver, refleja perfectamente aquello a lo que debe aspirar un traductor, que no es otra cosa que a pasar totalmente desapercibido para el lector de la lengua de destino; como alguien decía hace poco por Twitter, «un traductor es como un árbitro de fútbol: si todo sale bien, nadie se da cuenta de que está ahí, pero como algo salga mal, será el principal blanco de todas las iras». No deja de ser curioso que, por ejemplo, uno de los programas más famosos (por desgracia) de la televisión internacional en la actualidad como es Gran hermano deba su nombre a un error de traducción de la expresión big brother. Este sería uno de esos casos en los que el traductor deja de ser invisible y pasa a convertirse en el árbitro denostado sobre el cual canalizar nuestro disgusto…

La aspiración de Venuti, a mi modo de ver, es la que debería tener cualquier profesional de la traducción: lograr pasar desapercibido y que el lector nunca tenga la sensación de encontrarse ante un texto traducido. Ese sería el mayor premio para un traductor.

Dicho esto, solo me queda daros las gracias por leer estas primeras líneas de mi blog y desearos un maravilloso día. Os adelanto que una de las primeras entradas «con contenido» que compartiré con todos vosotros y sobre la que ya estoy meditando estará relacionada con la fidelidad de la traducción con respecto al texto original, un tema a todas luces apasionante…

Nos leemos muy pronto por estos lares… 🙂